🔹A lo largo de la vida vamos construyendo formas de protegernos.
🔹Nacen de nuestras experiencias tempranas, de las creencias que adquirimos sobre quién debemos ser, de los miedos, de las exigencias y de todo aquello que, en algún momento, nos ayudó a adaptarnos y a seguir adelante.
🔹Con el tiempo, esas formas de protección empiezan a sentirse como nuestro hogar. Pero, sin darnos cuenta, aquello que un día nos sostuvo puede acabar convirtiéndose en una jaula invisible.
🔹Una jaula que nos ofrece una sensación de seguridad, ya que lo conocido siempre resulta menos amenazante que lo incierto. Sin embargo, es esa misma jaula la que también nos limita, impidiéndonos explorar otras maneras de relacionarnos, de sentir, de decidir y, en definitiva, de ser.
🔹Y es que, a veces, nos acostumbramos tanto a permanecer dentro que dejamos de preguntarnos si existe otra manera de estar en el mundo.
🔹Hace unos días, al finalizar un proceso terapéutico, una paciente tuvo un bonito detalle conmigo: un pequeño cuadro de una jaula con la puerta abierta. Me explicó que esa imagen representaba una parte importante de su proceso y de cómo se sentía en este momento.
🔹Me recordó que el objetivo de la terapia no es hacer desaparecer el miedo, sino acompañar a la persona a comprender cómo construyó esa jaula, reconocer que esas estrategias tuvieron un sentido en algún momento y descubrir, poco a poco, que ya no necesita vivir encerrada en ellas.
🔹Salir da vértigo.
🔹Pero, a veces, basta un primer paso para descubrir que fuera había mucho más espacio del que imaginábamos.
🔹Porque la libertad no consiste en vivir sin miedo.
🔹Consiste en que el miedo deje de decidir por nosotros.
💌 Texto escrito por Esther García Sánchez.
