TEXTO ESCRITO POR DAVID DE VICENTE.
🔵 Hay experiencias que dejan una huella profunda: sentir miedo de quienes debían darnos calma, seguridad o protección. Es un miedo silencioso, difícil de nombrar, pero que afecta cómo confiamos, cómo nos relacionamos y cómo percibimos el mundo.
🔵 Cuando la figura materna o paterna es impredecible, crítica, fría, invasiva o emocionalmente amenazante, el niño vive en un estado de alerta. No sabe qué esperar. Cada gesto puede convertirse en peligro o en una sensación vivida de amenaza.
🔵 El mensaje interno es doble: “Necesito a quien me cuida, pero acercarme me da miedo.”
Esto genera un tipo de apego donde la seguridad nunca está garantizada. Y en la adultez, se manifiesta en relaciones donde confiamos a medias, nos cuesta entregarnos o nos sentimos fácilmente vigilados, tensos o hipersensibles al rechazo.
El cuerpo recuerda el miedo incluso cuando la mente lo ha olvidado.
🔵 En algunas familias, la figura que debía proteger ocupa un lugar de poder desbordado: decide, invade, controla o reacciona desde su propio dolor no elaborado. El niño, pequeño en todos los sentidos, aprende a adaptarse para sobrevivir:
• callar para no activar el conflicto.
• ocultar emociones.
• tensarse para prever reacciones.
• volverse “fuerte” demasiado pronto.
El sistema familiar se organiza alrededor del miedo y el niño aprende una verdad profunda:
“estar cerca es peligroso, pero estar lejos es más peligroso aún.”
Ese es un doble vínculo que marca la identidad. No se trata de culpabilizar a quienes cuidaron, sino de comprender la experiencia infantil: cómo vivió ese niño, qué necesitó y qué no pudo expresar.
🔵 Sanar implica reconstruir internamente la sensación de que ahora sí es seguro ser cuidado, pedir ayuda y confiar. Porque el terror aprendido se transforma cuando aparece un vínculo —terapéutico o afectivo— que no amenaza, no invade y no abandona.
